Hay una danza que zurce el alma, que reacomoda el centro, que reúne los fragmentos de tu voz, que remienda los huecos de tu sombra… Es una danza que tienes que rastrear como una buscadora de oro, excavando en los recovecos de tu cuerpo, en los túneles del movimiento, en la cara oculta de tus gestos, pero una vez que hallas la fuente de esa danza y la dejas correr como un chorro de agua, sin ponerle embudos ni barreras, ya nada puede detenerla. Pero claro, da miedo.
Quizá da tanto miedo dejarte ser libre, porque sabes donde comienza tu libertad, pero no sabes adónde te va a llevar.